Es una forma de cacería psicológica, muy característica de dinámicas psicopáticas.
Las falsas acusaciones no surgen al azar ni como resultado de un simple desborde emocional. En la mayoría de los casos, aparecen cuando una persona deja de ser controlable: cuando pone límites, se distancia o deja de cumplir una función psicológica para el otro.
Una acusación no necesita ser verdadera para ser efectiva; solo necesita parecer verosímil en el momento adecuado.
Ese es el daño más profundo de este tipo de abuso.
La evidencia es clara: las falsas acusaciones funcionan porque explotan sesgos sociales, morales y emocionales. Y salir de esa dinámica resulta extremadamente difícil, porque no se están discutiendo hechos, sino una narrativa diseñada precisamente para que no seas escuchado.
La salida siempre pasa por lo mismo: anclarte en la evidencia, regular tu sistema nervioso y buscar apoyo profesional o legal cuando sea necesario.
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